Imágenes desgarradoras más allá de toda imaginación. Dolor y angustia inenarrables de quienes, en un instante de horror, pierden de la peor manera a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a sus amigos. Tragedia tan inverosímil que hasta se podría creer que se está viviendo un sueño o una descomunal tramoya al más puro estilo de Hollywood. Pero no es un sueño; es la realidad, la bárbara realidad. Una realidad después de la cual el mundo no iba a ser el mismo, pues implicaba un nuevo descenso del hombre hacia lo sub-humano, hacia lo animal. Después, a día seguido, el terrorismo biológico, anunciando su ominosa presencia, y extendiendo su amenaza al mundo entero. En suma, un horrible momento de fanatismos, extremismos, intolerancias, odios ancestrales, en fin, de degradación de la especie humana.
Pero ahí no termina la tragedia. Hoy, 25 años después, me viene a la memoria la posterior actitud de algunas personas, incluso de algunos denominados intelectuales, que cínica y desembozadamente minimizaron y hasta justificaron los ataques terroristas perpetrados ese día. Un pseudo orientador de la opinión pública dijo en un diario del Ecuador que fue el propio Estados Unidos el culpable de lo que sucedió ese día “y de lo que puede pasar”. En un canal de televisión se aseveró, haciendo gala de un irracional y ramplón reduccionismo, que “cuando desaparezcan las injusticias también desaparecerá el terrorismo”. Periodistas latinoamericanos reunidos en La Habana dijeron que Estados Unidos “responde al terror con el terror”, con lo cual pretendían equiparar el asesinato masivo de miles de inocentes con la posterior acción punitiva antiterrorista. Otros cerraron los ojos a la tragedia de ese día, y sólo tuvieron memoria para recordar el hecho de que, en su momento, Bin Laden fue armado y apoyado por Estados Unidos para combatir al comunismo en Afganistán, con lo cual pasaron a un segundo plano lo que era lo principal de ese momento crítico: la masacre de inocentes.
Más grave aún: hubo quienes, con un nivel de cinismo inaudito, se regocijaron con lo sucedido. Luego de producidos los atentados Bin Laden y otros líderes de Al Qaeda declararon, con increíble desparpajo, que los miles de seres humanos que murieron en esa ocasión “no eran inocentes”, y que agradecían a Alá por el “éxito” de su misión. También fue el caso de los palestinos que salieron a las calles a manifestar su júbilo apenas conocida la noticia de la tragedia. Pero lo más ofensivo fue el caso de una dirigente de los derechos humanos en la Argentina, ¡nada menos que de los derechos humanos!, que manifestó su alegría por la masacre de los hombres, mujeres y niños asesinados para luego añadir, en otro increíble alarde de cinismo, que así se expresaba porque “no soy hipócrita”. Pero quien se alegra por la matanza de inocentes, y aún así se llama defensora de los derechos humanos, es inmensa y repugnantemente hipócrita.
Desde luego, tan execrable como la alegría de Bin Laden, de esa señora y de esos palestinos, fue la de quienes manifestaron su regocijo por la muerte de inocentes durante los posteriores bombardeos a Afganistán, argumentando que se trataba de un castigo por el ataque terrorista de Bin Laden. Sea que la muerte de los inocentes en los bombardeos se haya debido a errores tácticos, o a que los talibanes los hubieren usado como escudos humanos, era repulsivo que alguien se alegre de su desgracia. La muerte de inocentes es deplorable y condenable, dondequiera que se produzca, y nadie tiene derecho de alegrarse por ello.
Así pues, el mundo empezó a lucir más degradado y más cínico después de ese 11 de septiembre. Emergió lo peor de la miseria humana: un nuevo y más feroz terrorismo; una pobreza espiritual sin parangón de quienes justificaron el mal, y sobre todo de quienes se regocijaron por sus nuevas y más ominosas manifestaciones. Ahora, en nuestros días, los nuevos acontecimientos terroristas, por ejemplo, el ataque de octubre/2024 de Hamas a Israel y los excesos cometidos en la represalia de éste, no hacen más que confirmar esa nueva realidad de desprecio absoluto por la vida humana. Uno llega a preguntarse si cuando colapsaron las torres gemelas no empezó también el colapso final de la humanidad del hombre.
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