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Las siete fases de Dios

 

 

En su libro “Conocer a Dios”, el médico y filósofo indio Deepak Chopra dice que hay siete fases de acercamiento a Dios. Se trata de vivencias  que condicionan  la visión que tienen los humanos de la divinidad. En cada fase las vivencias, que son dinámicas, no estáticas, dan lugar a una determinada visión de Dios, de modo que el Dios imaginado en cada fase está determinado por las vivencias específicas que se dan en cada una de esas fases. En otras palabras, la visión de Dios es la respuesta que se dan los individuos a  sus propias vivencias e inquietudes respecto a Dios. Todo esto dice Chopra.

Eso sí, hay que aclarar que el Dios al que el filósofo se refiere en cada una de esas fases no necesariamente es el Dios en el que el mismo Chopra cree, sino el Dios que es imaginado por otros, por la otredad. El Dios en el que Chopra cree esta mejor descrita en la última de las siete fases.

La detallada descripción que hace de cada fase es un esfuerzo por entender todas las implicaciones posibles, sicológicas y sociológicas, de cada una.

A continuación trataré de resumir lo esencial de cada una de ellas. Lo hago porque considero que, más allá de que uno esté o no de acuerdo con lo que ahí se dice, son significativas, y conllevan un importante mensaje, son el esfuerzo progresivo que hace el ser humano para acercarse a Dios, y dar alguna respuesta a la inextricable pregunta de ¿Quién es Dios?

Fase 1.

Es una en la que el centro de atención y preocupación vivencial de la gente es la supervivencia en su más amplio sentido, esto es, vida terrenal y vida después de la muerte. Esta visión está acompañada por la necesidad de tener un protector que los guíe hacia esa supervivencia, y entonces la visión de la divinidad en esta primera fase es la de un Dios protector.

Esta visión, sin embargo, se ve empañada por la persistente presencia del mal, presencia claramente antagónica e incompatible con el Dios protector. Por ello, la visión de vida de esta primera fase incluye a un ente maligno diferente a Dios: Satanás.        

Fase 2.

Aquí la visión de vida es el poder, incluyendo el poder para sobrevivir, para modificar el entorno, para entender las cosas, etc. Como la visión de vida de esta fase es el poder, la respuesta o consecuencia es la visión de un Dios todopoderoso.  

En esta fase el ego juega un papel central, pues es en torno a él que gira el poder y el choque de poderes entre humanos. El poder produce placer dice el autor, pero cuando se hace obsesivo resulta en adicción.

Fase 3.

En esta fase la visión de vida predominante es la paz, sobre todo la paz interior.  Se entiende que tengamos esta visión, dice Chopra, debido a que estamos equipados para procurarla: nuestro cortex cerebral tiene mecanismos propensos a la paz y a la prudencia. Incluso, cuando la meditación es auténtica, suele estar acompañada de alteraciones del sistema nervioso, y ha habido casos en que el sujeto puede, a voluntad, reducir su ritmo cardiaco, y permanecer casi sin respirar.

Cuando, mediante la meditación, se llega al “centro de la mente” ya no se perciben acontecimientos, sino que “somos simplemente nosotros mismos esperando que ocurran los pensamientos”. Ahí nuestra conciencia es capaz de cruzar los límites cuánticos. En esta visión de paz encontrar nuestro centro de la mente “es el gran don de la fase tres”, dice el autor.

 Todo ello determina que, como respuesta, nos imaginemos a Dios como entidad calma, consoladora, conciliadora, silenciosa y meditativa.

Fase 4.

Esta es la fase de la intuición -de intensa subjetividad- y el Dios proyectado por la mente es un Dios redentor, respuesta a esa intuición. En esta fase tratamos de ver más allá de lo que nos muestran los cinco sentidos, a lo cual Chopra llama “segunda atención” queda paso a la intuición y a la sabiduría, las cuales no son excluyentes entre sí.

Dice el autor que una persona en fase 4 se ha elevado sobre la ordinariez, ha abandonado los valores de grupo, y las seducciones de todo tipo. El bien aparece como la capacidad de ver la verdad, y al mal como la ceguera que lo impide. 

Como respuesta a estas vivencias nos representamos a un Dios sabio, que suponemos es comprensivo, tolerante, misericordioso, acrítico, acogedor y completo; que no esgrime nuestros pecados contra nosotros mismos (por eso su carácter de redentor).

Fase 5.

Es la fase de la creatividad, es la noción de un Dios con potencial creativo ilimitado, con absoluto control sobre el espacio y el tiempo. Por otro lado, es un Dios misericordioso que no priva a nadie de su impulso creativo.

Fase 6.

Es la fase de los milagros, de la sobrenaturalidad. En esta fase se comprueba que los milagros son posibles, que existen. El autor destaca que la Iglesia Católica reconoce que ha habido santos que curan, que levitan; otros que pueden estar en dos lugares al mismo tiempo, y otros cuyos cuerpos emiten luz.

Sostiene que la mecánica de los milagros ocurre en el nivel cuántico, idea que es por demás sugestiva. Lo que sucede en una enfermedad, por ejemplo, es que se han distorsionado los modelos cuánticos de energía del individuo enfermo, y lo que hace el milagro de sanación es restaurar el modelo original. Así, la base de la sanación no es material sino cuántica.

La respuesta a esta fase es la existencia de un Dios de  curaciones milagrosas, todopoderoso, transformador, místico,  y que está más allá de las causas, que es incausado.

Fase 7.

Es una fase mística e integradora. Usualmente la mente bulle con miles de fragmentos de vivencias y recuerdos, es decir, lo que hay en ella es una visión fragmentaria de la realidad. Pero en esta fase también hay quienes parecen haber experimentado la unidad de sí mismos con el todo, a contrapelo de la visión fragmentaria, y esto tal vez sea lo más relevante de esta fase.

Se trata de la fase en la que Chopra cree, en la que parece  que  algunas personas  han desarrollado la noción de que no existe el observador separado de la observación, y que la única realidad indubitable sobre nosotros mismos es simplemente que existimos, y que eso es lo que realmente somos: existencia, pura existencia.

En esta, como en las anteriores fases, las vivencias determinan la visión de Dios. Al no pensar en el tiempo en sí mismo, en esta fase nos imaginamos un Dios inmortal. Al desapegarnos de todo y no tener deseos de conseguir nada, pues también tenemos un lado místico,  el Dios que nos representamos es el de un ser puro, inamovible e  inmutable. Al no poder encontrar nuestra última esencia mediante nuestros cinco sentidos, concebimos un Dios inconmensurable, invisible e intangible. Estas son las principales circunstancias determinantes de esta última fase.

He ahí la importancia de las siete fases, especialmente de la séptima, que no es simplemente la última de la serie. Es la más significativa en cuanto a la representación de Dios, es un  acercamiento no eclesial a Dios.

Ahora bien, habiendo revisado brevemente las siete fases, y habiendo formulado apretadas síntesis y eventuales breves interpretaciones en cada una de ellas, toca ahora intentar una visión del conjunto.

Lo primero que llama la atención es que el autor parece creer que no hay atajos para llegar a Dios; que primero hemos de transitar por todas esas fases. Pero ¿realmente no los hay? ¿no es la fe un atajo hacia Dios? ¿no es el sensus divinitatis[1] una condición natural en la inmensa mayoría de los seres humanos? Me parece que más bien lo que hay es diversidad: para algunas mentes no hay atajo posible, pues su fe requiere tiempo para germinar, emerger y desarrollarse, en tanto que para otras su fe emerge súbitamente o en espacios reducidos de tiempo para reflexión.

La importancia del conjunto de las siete fases radica en que ayuda a entender cómo las vivencias en alguna medida condicionan la percepción de Dios, a pesar de lo cual no implican de manera alguna la inexistencia de Dios. En realidad, lo más importante de todo sigue siendo la búsqueda individual de Dios, más allá de que se siga o no esa secuencia  de fases.

Para escribir a Carlos Palacios: cmpm1936@gmail.com


[1] Noción innata de Dios, o sentido de la divinidad, término utilizado por primera vez por Juan Calvino.

Publicado enFilosofía y religión

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